Aquello del cementerio (Boceto cuento – cap. 2)

Estuvo hablando con Molina por más de una hora. Le hizo bien, se pudo reír, pensar las cosas pasadas en estos días de otra manera, pensar en otras cosas, pensar en lo cercano en el tiempo y no en esos recuerdos inconexos de su niñez que se le presentaban: la visita con sus padres a conocidos y amigos de ellos en circunstancias de velorios y funerales. Imágenes que no le llegaban solas, también con sensaciones que lo agotaban. Esa sensación en su pecho y garganta, un aleteo de algo que quería salir. Un grito. Miedo y tristeza.

Dibujo a lápiz pasta negro. Hay un velador, una cama algo deshecha. La lámpara sobre el velador parece una de aquellas como brazos movibles, pero a su vez parece una horca. Junto a lámpara hay un cenicero y algo como un control remoto. Hay unas líneas cortas que señalan la luz  encendida de lámpara y lineas punteadas bajo la cama y en parte del velador cuyo cajón abierto proyecta más sombra. Esa sombra aparece marcada con una nube de un tono gris, porque como en el relato al que pertenece, gana consistencia al punto que en la parte sombreada del velador hay una mano negra no humana.
Las sombras bajo la cama se hacen densas, toman forma no humana. A la espera…

A veces cuando hablaba con Molina sentía una vibración en su voz que trató con éxito de esconder con chistes y risotadas. Chistes malos y risas falsas. Hasta que llegaron las verdaderas y pudo sentirse en paz unos momentos.

Después de la llamada sin darse cuenta empezó a recordar esos días posteriores al último velorio que acompañó a sus padres en su infancia. Las caras que ponía su padre, los rezos que hacía su madre. Ella estaba preocupada, ella le creía. Lo llevó a dónde un cura esa vez y también dónde una Meica. Algo que daba mal olor quemó ella en la cocina y su padre puso caras raras y dijo que no soportaba vivir esa situación, que le estaban exagerando mucho, que no quería que a su casa entrara una Machi ni un cura. Lo recordaba salir enojado hacia el jardín y tenía imagen de él cavando un hoyo pequeño. Después recordó que su padre estuvo fuera de casa un mes. Y su relación con su padre cambió y la relación de su padre con su madre cambió. Y el matrimonio terminó. Y fue ahí cuando dejó el sur y con su madre se vinieron a vivir a Valparaíso.

Quizá no eran sus ropas las que olían a flores ni su piel y solo era una sensación, pero de todas formas quería bañarse y así además relajarse. Le dolían los brazos como cuando era niño y debió acarrear una gran maleta, su madre llevaba otra en esa ocasión y en esa ocasión era ella la que estaba triste.

Stefano siempre había pensado que no era un buen hijo. Llevaba casi dos meses sin hablar con su madre, o en realidad mucho más. Lo único que hacían era escribirse correos electrónicos desde que ella se fue a Uruguay con su tía que les dió techo cuando llegaron a Valparaíso (con la que él estaba agradecido, pero nunca se llevaron bien. Ella se persignaba cuando lo veía y llevaba años mandando correos de cadenas con imágenes de ángeles. Su madre también lo hacía, aunque no siempre). Le debía una respuesta larga a su madre para contarle las últimas cosas, siempre lo dejaba para mañana y nunca lo hacía. Pero esta vez será distinto, se dijo, mañana si que le escribo.

Curiosamente con su padre había hablado solo dos semanas atrás por teléfono. No estaba bien y la atención médica en una pequeña ciudad del sur era tan lenta que de seguro entraría en una funeraria antes que al hospital, había dicho su padre. Se había reído, tosido en forma brutal que debió cortar la llamada y le llamó cuando se sintió mejor.

¿Por qué esa vez con la solapada mención de funerales él no tuvo problemas? ¿Por qué el gatillante fue el funeral de un extraño?

No durmió bien esa noche. Despertó un par de veces creyendo que alguien había entrado en su departamento. Se levantó la segunda vez a mirar. Encendió todas las luces de su pequeño departamento, después se fue apagándolas hasta llegar a su cama y cuando estaba por apagar la de su velador, recordó ese día que vio moverse junto el ataúd cuando era niño a ese raro animal. Sintió su cuerpo como si fuera de lana y el miedo como un sudor frío que bajaba por su espalda. Un cosquilleo en el cuero cabelludo y en el escroto. Ahogó un grito tratando de calmarse, pensando que era esa la manera cómo se sentía cuando era niño.

Las imágenes quedaron ordenadas, con algunos vacíos aunque escasos y por ello podía volver a contar a sí mismo qué ocurrió.

Cuando niño le gustaban esos velorios en pueblos pequeños, con muchas calles sin pavimentar mostrando sus tierras rojizas y de colores café, de ese color café que a su corta edad solo había visto en la taza de café con leche que tomaba su padre en las mañanas. Le gustaba saltar en esas pozas de agua y que nadie le dijera nada, porque estaban tristes. Le gustaban esos velorios por los otros niños y niñas que conocía. Y les daban de comer cosas que a veces en su familia no podían comer siempre a la hora de once. Y a veces tenían comidas como cazuela en la noche para los invitados. Por eso le gustaba acompañar a sus padres a esos velorios y funerales.

En ese último todo fue diferente. Tenía diez años y se encontró con que solo había dos niños (que no le prestaron atención) y las niñas eran mayores que él y no lo miraban como lo hacían las otras niñas (por la ropa elegante con la que lo vestían). Y había pena en la cara de esas niñas.

Estuvo buena parte de esa noche cerca del ataúd, primero junto a su padre y después que su mamá volvió de ayudar en la cocina estuvo con ella, hasta que se sumó a un grupo a rezar el rosario. Así que él se puso a ver las velas encendidas en cada esquina de la especie de mesa en la que estaba el ataúd. Después su mirada fue al lavatorio con agua debajo del ataúd y la luz de las velas que se reflejaban allí. Miró harto rato hasta que vio una sombra salir del lavatorio e irse a las flores que estaban junto a los pies del ataúd. Una sombra extraña, que se hizo más sólida y que de pronto tomó una forma animal y que empezaba a tornarse roja como la tierra roja de la calle con la que él jugaba.

Se asustó tanto que salió corriendo al patio, gritando. Las niñas estaban fumando a escondidas y se enojaron al verlo, lanzaron los cigarros a un tarro al lado de ellas. Su madre salió tras él y lo abrazó. Él le contó lo que había visto, ese animal más grande que un gato, de color rojizo. Después llegaron las otras mujeres que estuvieron rezando el rosario con su madre, lo rodearon y rezaron por él. Ese niño con su corazón desbocado agradeció que lo protegieran de ese animal. Se quedó dormido. Se enteraría con la visita de la Meica y el Cura en su casa que las mujeres del rosario habían concluído en qué era lo que había visto y qué era lo que temían. Que era un animal infernal y que podía ir tras él. Por eso su madre hizo tantas cosas, incluso fue ella la que le regaló una pequeña linterna.

Después de eso no fue más a velorios no porque su madre trató de no exponerlo a algo similar.

Con el paso de los años lo fue olvidando detalles y solo recordaba que debía tener cuidado de las sombras y la oscuridad. Comprendió que con una linterna podría estar seguro. Aunque nunca volvió a ver a ese animal. También recordó las tantas noches que solo podía dormir con la luz encendida de su cuarto.

En ese silencio de la noche escuchaba su corazón acelerado, un martilleo en sus oídos. No podía dejar de pensar que todo era real y que en el cementerio se encontró con un animal similar que se escondía en las sombras. La voz del niño que fue, le decía que tuviera cuidado.
La mala sensación no se la podía quitar. ¿Y si en realidad había algo?¿Y si en realidad había algo en ese mausoleo y si lo siguió? No se atrevió a apagar la luz del velador, creyendo que aquello que lo siguió lo esperaba en las sombras del pasillo. Esperaba a que él apagara la luz.
Decidió ver unos videos divertidos en internet en su teléfono y se coló, otra vez, su voz de niño:

“Ese animal es más grande que Rubí”

Eso fue lo que le dijo a su madre esa vez. Y sí, Rubí era una gata. Su gata que desapareció en esas fechas en que él estuvo mal.

Le habían dicho que alguien se había robado a Rubí. Pero tenía ese recuerdo de su padre en el jardín haciendo un hoyo.

“Nos mintieron”, dijo su voz de niño, “Fue ese animal el que lo mató, pero ahora viene por tí”.
En ese momento también escuchó el sonido de hojas secas siendo pisadas en el pasillo, alejándose. No se atrevió a volver a levantarse a mirar. No pudo volver a dormir esa noche. Y aunque se había prometido no fumar en la cama, lo volvió a hacer. Hasta que salió el sol.

No había marcas de pisadas ni hojas secas en el pasillo. Solo había un olor a flores descompuestas.

[Fin Capitulo 2 de este boceto: WIP]

Autoengaño

Me parece interesante el concepto de autoengaño. Bueno, de la manera que la interpreto: refiriendome a la manera como nos contamos cosas y hechos pasados, levemente distorsionados para ocultar nuestra impulsividad, nuestros arrebatos, nuestros errores. Para no ser héroes, pero sobre todo para no ser los malos.

Como si todo lo ocurrido fuera por circunstancias externas a las que no tenemos control.

Podemos nombrar esas circunstancias porque ya están cambiadas, porque no decimos en lo que tuvimos injerencia. Porque nos quitamos la culpa. O bien porque dejamos lo racional, no están esos miedos profundos, o están exentas de las superposiciones que no queremos contar y que influyeron en nuestra toma de decisiones.

Nos autoengañamos para estar en paz con nosotros mismos y que para que el relato que construimos de nosotros no nos muestre más vulnerable de los que somos.

Creo que eso encuentro en la novela “Escrito en el agua” de Paula Hawkins y por eso me a gustado su historia y el modo fragmentado en que está narrado.

También influye el tamaño de letra y el espaciado, leo un pasaje y creo que he avanzado muchas páginas. Puede ser. Pero lo es más como los fragmentos son revisados o son confrontados con otras miradas.

Hasta el momento la lectura va bien.

Edito: Muy buena lectura. No me arrepiento. Entiendo porque en algunas entrevistas la autora se complicaba en definirse como autora de policial. Aunque claro el anterior lo llamaron «Domestic Noir», este quizá esté en un punto medio: Personas normales haciendo una investigación y también la policia. Me pareció muy buena la construcción de personajes, aunque algunos quedaron al debe.

Aquello del cementerio (Boceto cuento – cap. 1)

Dibujo que muestra una caja de cigarrillos "Dog of hell, cigarrettes" dice Promo en una esquina y tiene la silueta de la cabeza de un perro enfurecido. Al lado hay un cigarro y una linterna pequeña.
Iba preparado: con cigarrillos y una linterna.

Se soltó la corbata y dejó que el viento que venía del mar y que pasó por las lápidas le desordenara el pelo. Le pareció que el olor a flores que sentía impregnado en sus ropas no le dejó oler el aire salino del mar.  Le dedicó una mirada al mar inquieto tratando de buscar calma para sí mismo y no pudo evitar pensar que los muertos tenían mejor vista allí en el Cementerio Playa Ancha que en él en su casa con vista a otros cerros.

Buscó la cajetilla de cigarrillos y la encontró en el bolsillo de la chaqueta junto a la pequeña linterna. Se alejó de la gente que estaba acompañando a los deudos a depositar el ataúd en el nicho. Llegó a un camino entre tumbas y un mausoleo a fumar escondido. 

El cigarrillo le sabía mal, pero por lo menos con el humo dejaría de oler el molesto olor a flores. Y pensar que estaba allí por culpa de un cigarrillo y una broma inoportuna. No conocía ni al finado ni era tan cercano al colega, fue por la broma que le hizo a este que para resarcirse estaba allí en estos momentos.

Dos días atrás en el horario de colación salió con Molina hasta un almacén a comprar cigarrillos, mientras lo esperaba afuera del local vio a Pardo que se acercaba a paso lento por la misma vereda. Pardo era de otra sección y compartían tiempo fumando luego de colación en el pequeño patio que disponía la empresa. Su comunicación habitual con él iba de saludos, preguntas de quién tenía encendedor y resultados de fútbol. Un compañerismo que no llegaba a amistad y sin embargo, ese día, le dijo que lo acompañara a fumar junto a Molina que se iba a rajar con cigarrillos. Ante la negativa de Pardo le dijo: «¿Qué pasa?¿Tan apagado que andas, vienes de un funeral acaso?». 

—Algo así. Se murió un tío, estuve con mi madre en el hospital y luego en la morgue de allí. Ahora voy al trabajo a hablar con el jefe para pedir permiso.

Con el «Algo así» sintió el balde de agua fría y esto parecía haberle congelado el cerebro porque las palabras no salían. Pardo ya no estaba cuando volvió Molina, le preguntó qué pasaba al notarlo pálido.

Después de soltarle epítetos de grueso calibre Molina le recomendó asistir al velorio y al funeral para reparar la desubicación. Él no se mostró muy seguro de ese consejo y Molina insistió.

—Tenís que ir Stefano. Te pasa por hueón.

Fue su segundo baldazo de agua fría tirado directamente a su espalda. Volvió a recordar un miedo de infancia, la razón por la que no le gustaba asistir a velorios y funerales. Algo que no podía ni quería contar.

Su mente le trajo de recuerdo las veces que acompañó a sus padres a algunos velorios cuando era niño y vivía en el sur. La imagen de velas encendidas y las sombras de raras formas que creaban… ¿o era «algo» lo que se ocultaba entre las flores junto al ataúd?

Al termino del día ya tenía un poco más asimilada la situación. Antes de irse a casa Molina volvió a insistir y él dijo que lo haría. Y pensó en las formas raras de las sombras. Son cosas de la infancia. Esto último se lo repitió varias veces, pero de todas formas guardó una pequeña linterna en su bolsillo antes de ir al velorio. Cuando niño había concluido que si podía iluminar a esa criatura sombra la podría destruir.

Se decía que no había nada que preocuparse, que su miedo era una tontería de infancia. Pero su voz interior le hablaba con la voz aguda de niño, con esa voz que vibraba por el miedo que tenía. Por lo que para acallarlo fue al velorio con una linterna en el bolsillo y con la intención de mantener silencio para no joderla más. Estuvo dos horas y su vista no se iba de las flores y las sombras que formaban, atento a cualquier movimiento.

Terminó el cigarrillo pensando que todo había terminado y no supo qué hacer con la colilla hasta que vio un macetero con flores secas junto a la entrada del mausoleo y allí arrojó la colilla. Al levantarse creyó que alguien lo observaba desde adentro. Se iba a disculpar y se dio cuenta que no había nadie. ¿Vi una sombra? Buscó la linterna y la trató de encender, no funcionaba.

—Don Stefano, ¿Qué está haciendo allí? Oh, se ve mal. Lo siento. Veo que el funeral le afectó.

—No, jefe. Yo…

—Vámonos. Usted y Romina de la unidad de Pardo fueron los únicos que me acompañaron, volveremos en taxi.

—Es que hay algo que quiero hacer —Apretó la linterna tras su espalda.

—El momento de fumar ya pasó. Además aquí no se puede. Vamos a buscar a Romina.

Le costó apurar el paso para ir detrás  de su jefe, sus piernas estaban un poco tiesas como si se resistieran a marcharse, como si le insistieran a iluminar el mausoleo. Terminó corriendo para alcanzar a su jefe y cuando lo hizo estaba más tranquilo. 

Las siguientes noches lamentó no haber usado la linterna, porque sentía que eso que lo observaba dormir se lo había traído del cementerio. Eso que al encender la luz del velador no estaba, pero dejaba su olor a tierra húmeda y hojas podridas en el dormitorio.

[Fin Capitulo 1 de este boceto: WIP]

Desde el otro lado

Desde el otro lado porque tengo otro(s) blog(s) en el otro lado donde he ido escribiendo opiniones y bocetos de cuentos. Actualmente estan con una historia por entregas inconclusa mientras decido bien el final (final de un primer tomo o final de todo). Es una historia tipo zombies que escribía para mi hijo adolescente y que por temas de la vida y sus circunstancias la he ido avanzando lentamente.

Bloqueo de escritor, como le dicen. Aunque en realidad son las circunstancias de la vida (trabajo, familia, tiempo, etc) las que puesto ciertos obstáculos. Y claro está los efectos de la pandemia que no me dejaba concentrarme en los momentos en los que quería escribir. Demasiada gente que uno conoce con problemas o problemillas de salud que se podrían ver afectados en estado grave si el COVID los hubiese alcanzado. Demasiadas historias de terror pensando en eso y que no me dejaban escribir mis propias historias de terror con criaturas que expelen olor a azufre o a materias descompuestas que viven en lo profundo de los bosques…

Ahora he vuelto a tener un interés por escribir alimentado por tres novelas policiales que me he leído este nuevo año, por lo que para no entorpecer el flujo de mi historia por entregas trasladaré ese entusiasmo por escribir a este lado.

Es un dibujo, lineas negras sobre fondo blanco. En el centro está el marco de una puerta, la puerta está entre abierta mostrando un paisaje oscuro. En el marco de la puerta hay una mano huesuda y negra. La puerta está junto a la playa por lo que la puerta da a otro mundo.

¿Que se puede encontrar por acá? Opiniones, comentarios de lo que estoy leyendo o viendo en tv y bocetos de cuentos (quizá sobre esa criatura que vigila mis sueños sin buenas intensiones y que creo que me traje de mi última visita al cementerio. Quizá).

Hasta pronto.